Alicia Barrutia corrre el Maratón de Boston 2013
La tijuanense nacida con los tenis puestos, Alicia Barrutia, cuando le dio a México la primera medalla en Juegos Panamericanos y varios triunfos mundiales de racketbol -ya hace varias décadas- no se imaginaba que muchos años después estaría -precisamente mañana- abrochándose las agujetas para correr con tiempo de marca el maratón más importante del mundo y de su larga vida de triunfos deportivos: el maratón de Boston 2013.
Pero esta vez es diferente, Alicia ya no corre por la medalla colgada en su cuarto. Se le subió a las piernas el sueño de correr por una causa. Esta vez cada kilómetro que corra lo vendió para la Red Binacional de Corazones que apoya a las víctimas de la trata de personas.
Mañana con Alicia correrán las esperanzas, los sueños de miles de personas maltratadas, vejadas en su condición humana; y hasta las orillas del camino de los 42 kilómetros llegarán a sus oídos el “¡Vamos Alicia!” de todos sus amigos que le estaremos gritando desde Tijuana.
¡Vamos Alicia, que los sueños son ligeros y livianos como las nubes! ¡Toma de ellos sus alas para volar hasta la meta!
¡Vamos Alicia corre! ¡Y si las piernas flaquean... llega a al meta con el corazón!
Que Dios te acompañe.
El fenómeno Xolos en Tijuana
¡Viva Hugo Chávez!
Ciudad Juárez
NAVIDAD EN LA MONTAÑA
Sentía el volante helado a través de los guantes, y oía la nieve compactarse debajo de las cadenas. Navidad, el tiempo de estar juntos, le animaba a enfrentar la montaña mientras la nieve se le venía encima haciendo espirales contra el parabrisas.
Intentando ganarle a la tormenta tomó un atajo por el que supuso no le faltaría mucho para trasponer la cuesta. Después, sería dejar que la nariz le llevara hasta el pavo, que ahora mismo debía estar sacando su mujer del horno; pero la ventisca alargaba más y más el camino, y él poco a poco dejaba de silbar.
Del radio salía Silent Night cuando quedó varado. Su dedo siguió el curso que supuso había tomado pero se le salió del mapa. Linterna en mano salió del carro y se alejó en la ventisca buscando algún punto de referencia, pero el bosque se ensanchaba alrededor de él, infinito y denso. Los copos contra las ramas producían una suave crepitación en el paisaje cuando el chasquido de un portazo lo dejó paralizado.
Se ocultó tras unos arbustos y desde allí divisó dos siluetas en el interior de su carro. El intenso frío muy pronto le hizo vencer el miedo a una muerte que por lo menos podría ser más rápida que la congelación, y desandó sus huellas hasta el carro.
Abrió la puerta trasera y se encontró en el interior con dos migrantes indocumentados tiritando de frío en los asientos delanteros. Intentaron decirse algo pero no les alcanzó a ellos el poco inglés que habían oído de los turistas en Playa Narveja ni a él el español de la Saint Thomas High School. Las miradas entonces compartieron una suerte de complicidad en la desgracia, y todo quedaba dicho en esas miradas. Ya no faltaba nadie para celebrar la Navidad.
Tal vez las cosas más importantes cuando se quieren decir no necesitan de palabras, y estos inopinados contertulios esa noche tampoco las necesitaron. Para referirse al tamal que le ofrecieron ellos y a la botella que él les compartió les bastó el dedo índice.
Los villancicos del radió hicieron su labor en el ánimo del grupo, mientras a la salida de la calefacción se calentaba el tamal y el vino se escanciaba en tres cucuruchos de papel que en el aire se tocaron produciendo un sonido apagado. Se dijeron “Merry Christmas” y “Feliz Navidad”, y nunca dos idiomas significaron tanto lo mismo como esa noche en la montaña.
Ignacio Anaya Barriguete llega a Tijuana en bicicleta desde Nueva York
Despertar
Pepenador culto
Por qué voy a votar por AMLO
Put in jail because of Cheers in a Graduation Ceremony?!
La primera raya
Gerry
Gerry tiene 85 años y muchos planes para hacer negocios. Uno de ellos consiste en un aerosol saborizante para panes dulces; también me habló de su corbata doble cara y de un extensor de sombra para colocarse en la visera del auto. Me cuenta todo ésto virándose hacia mi mesa, agrandando mucho los ojos que, entre sorbo y sorbo, levanta de su plato. Agrega que recién se compró una laptop y un celular para iniciar sus pesquizas en busca de un socio capitalista para desarrollar sus inventos. Armandito, mi hijo de un año lo observa con atención, e imita los gestos que el viejo le persuade de hacer, como abrir y cerrar la mano. “Babies like to copy” -puntualiza el anciano. Añade que su instructor es un joven hispano de nombre José, que vive solo en un trailer a espaldas de su casa. Me propone presentármelo, que yo no quedaría defraudado de su talento para componer canciones. Al despedirnos le tiendo mi mano, que él retiene mientras con la otra aprieta suavemente mi brazo, anticipándose a la resignación de lo inútil de sugetarse a ella antes de volver a hundirse en la inmensa soledad oceánica de los ancianos de 85 en las mesas de los restaurantes urbanos de Estados Unidos.
Casino Royal
Comentario a columna de don Oscar Genel
Hace unos días publicaba don Oscar Genel un artículo en su PRIMERA PLANA en el que criticaba la existencia de una economía subterránea en la Zona Río solapada por Sedesol en Tijuana.
No es su crítica lo que me mueve a madar esta carta a FRONTERA, sino un aspecto que indirectamente tiene que ver con la premisa utilizada por don Oscar para legitimar los otros negocios vecinos, formalmente establecidos en esa misma zona de la ciudad. Me refiero a la tan sobada “cultura de la legalidad”, porque ellos (sí están en regla y pagan sus impuestos). No me opongo a la existencia de una legislación y normativas que regulen la vida de nuestra sociedad, pero inquieta ver a líderes de nuestra ciudad, como don Oscar que frecuentemente se instalan cómodamente en esta frase bonita que se queda en lo exterior de la conducta y no le entra a la esencia de un problema como la corrupción que me parece fundamentalmente de carácter ético.
Querer que los ciudadanos hagamos o no hagamos esto o aquello sólo porque la ley lo obliga o lo prohíbe es reducir nuestra condición de personas a la de autómatas jurídicos; es olvidar que antes de ser ciudadanos -sujetos de derecho- somos personas morales con conciencia y sentido del bien y del mal.
El problema de la corrupción no me parece que se pueda resolver con una cultura de la legalidad sino con una cultura de la conciencia personal.
Afectuosamente,
Alfredo Ortega TRILLO
alfredotrillo@gmail.com
Paquiao VS Margarito
Llamó la atención el planteamiento hollywoodense del espectáculo, que inluyó una semillita de suspenso con el asunto del enteipado de las manos, entreverando la posibilidad de que la pelea se suspendiara, mientras el cuadrilátero cobraba visos de variedad con un cantante sin más talento que sus ventas de discos. Yair estuvo de plano gris con la entonación del himno nacional mexicano. En cambio, con una agradecida lección de dignidad, emoción y dulzura, la filipina cantó angelical, plantada en un largo vestido rojo de delicado escote. Incluso la cámara, arrobada, no retiró su lente hasta que ella exhaló la última nota y sonrió, al punto en que estalló la visión de las tres cheerleaders rubias en tops y hotpants, que saltaron al escenario para recordarnos --por si se nos había olvidado-- con su rozagante juventud, sus cabelleras rubias y el himno nacional, que estábamos en Estados Unidos. El despliegue televisivo previo al encuentro (manejo de cámaras, luces, música tipo pista de cine y las voces de los comentaristas con su corbatita de moño) fue digna de una película de Rocky.
NOBLEZA:
En el penúltimo round, de una pelea que ganó el diputado Tony Paquiao de Filipinas, éste tuvo la nobleza de sugerir al réferi detener la pelea, tomando en cuenta que a su contrincante sólo le quedaba un ojo abierto. Paquiao habría podido aplastar a Margarito, el de Tijuana, sin ninguna consideración en el último round, pero se abstuvo de engolosinar la saña de sus seguidores, demostrando de qué madera moral está hecho, al "respetarle" la vida.
Las 140 letras de Twitter
Es comprensible que esta restricción de espacio y tiempo defina así estos medios de comunicación, lo lamentable es que este empobrecimiento en la expresión convertido en moda se haya convertido también en una epidemia que invade todas las formas de comunicación entre las personas aún fuera de las llamadas redes sociales.
Francófonos y anglófonos en Canadá

La isla de Montreal se encuentra en la provincia francesa de Quebec. Pero el otro día fui a Ottawa, la capital del país en Toronto, a unas dos horas de distancia, y sentí la diferencia. Como el resto de Canadá, que es fundamentalmente anglófono, Toronto tiene un ascendente cultural inglés que lo asemeja más a los Estados Unidos. Esta diferencia entre el resto de Canadá y la provincia de Quebec se percibe no sólo en la arquitectura de sus barrios sino, fundamentalmente, en la idiosincrasia. En la parte francesa la gente parece más cálida y espontánea, más llevada del sentido común que de las reglas, más abierta al trato y menos quisquillosa con el espacio personal. Aquí la gente se acerca y toca más cuando habla o interactúa en la calle que en la parte anglófona. Aquí un extraño como yo puede sentirse más cómodo y cercano a la gente que en cualquier otra ciudad de similar tamaño en los Estados Unidos, , a pesar de la aparente barrera del idioma (luego me lanzan una sonrisita complaciente y acaban hablándome en inglés cuando se dan cuenta que mi francés sólo me alcanza para pedir café). Y toda esta sencillez y apertura de trato, a pesar de la desconfianza que pudiera uno esperar entre las personas habida cuenta de tan vasta diversidad de razas y de credos, ya que Montreal es quizá la ciudad más cosmopolita del mundo (el otro día en el vagón del metro entre unas sesenta personas que íbamos no pude identificar alguna raza predominante: asiáticos, africanos, hispanoamericanos, europeos, indígenas americanos...). Me han dicho que el invierno los pone serios y tristes, pero yo puedo dar testimonio de que durante el verano van felices por las calles bajo las frondas y el sol. Parece que estuvieran tan contentos con lo que cada quien hace que dan la impresión de estar jugando a sus oficios en una especie de obra de teatro que fuera para ellos la vida. Desde luego que la relajada idioscincracia latina de la parte francesa también tiene sus bemoles, porque igual puede suceder que los policías vigilantes de un parque, aburridos porque no pasa nada, se desatiendan del parque y enfrasquen a conversar bajo la sombra de un arce, lo que no sucedería con la misma frecuencia en el resto del país o en los Estados Unidos, donde van más pegados al libro.
Una de las cosas que más me ha sorprendido en Montreal es su excelente sistema de transporte. En una página de Internet anotas dónde estás a dónde y cuándo quieres llegar, y enseguida te aparece la ruta con los transportes y conexiones que debes tomar (metros, autobuses) http://www2.stm.info/taz/index.php?lng=en , una belleza de matemáticas aplicadas al mundo de la calle.
En años recientes la ciudad de Montreal estuvo considerada como la que cuenta con la mejor calidad de vida del mundo. Quizás en algo podrán constatarlo algunas de mis fotografías.
MONTREAL:
http://www.flickr.com/photos/census2010swcorner/sets/72157624504331577/show/
OTTAWA:
http://www.flickr.com/photos/census2010swcorner/sets/72157624619158712/show/
AMANECER EN LA FRONTERA (Commuting across the Border)

me lo han comprado y, así me dejo sorprender una y otra vez por mis propias letras, por la voz de KLEYTON y sus juegos vocales, por los arreglos de Jorge VILLALOBOS.



EL SUEÑO AMERICANO NO ES AUTOMÁTICO
Los que hacíamos la fila nos movíamos inquietos en nuestro lugar, disipábamos el nerviosismo en la charla con el de adelante y el de atrás. “Si ya esperó treinta años, que no pueda esperar una hora!”, decía una señora a otra. Luego la típica especulación, que nunca faltan en estas situaciones: “Nos van a dar unas fichas y luego nos van a llamar en diferentes horarios”, que alguien secundó con un “Yo creo que sí, porque si no ¿dónde van a meter a tanta gente?”
Pues la metieron! El Golden Hall del US Court de San Diego en punto de las diez de la mañana se llenó con 1750 personas.
“Hola!” dije a mi izquierda a una peruana, y “Hi!” a una china, a mi derecha. Me causaba gracia considerar que a pesar de nuestros diversos orígenes, desde ese días los tres seríamos o ya éramos conciudanos de los Estados Unidos.
La maestra de ceremonias nombró en orden alfabético los 76 países de origen de las personas que ese día adquiríamos la ciudadanía norteamericana, y las personas al oír el nombre de su país se ponían de pie y saludaban el aplauso del público. Así hasta llegar a la “M”, cuando la mujer exclamó: “México!”. Un océano de banderitas de los Estados Unidos agitadas en las manos de unas 1600 personas llenó de golpe el campo visual de la sala. El gentío se había puesto de pie al grito multitudinario y unánime de lo que pareció una sola garganta. Yo mismo estuve de pie un momento, con mi banderita al aire, conmovido por el espectáculo de lo que me pareció una verdulera invasión.
Recitamos el Pledge of Alliance seguido de un aplauso animado por la maestra de ceremonias.
Y mientras yo esperaba mi turno para recibir mi certificado de naturalización me entraba la curiosidad de saber en qué momento puntual y preciso del proceso yo debía considerarme norteamericano, legítimo heredero del sueño americano. La consideración me seguía una hora más tarde, cuando recorría, con mi certificado de naturalización en la manos, las calles del centro de San Diego, limpiecitas, bien trazadas, bien pintadas, tratando de convencerme de que todo eso que siempre vi ajeno ahora era mío.
Habré adquirido la ciudadanía al pronunciar la última palabra del Pledge of Alliance y el mundo siguió girando debajo de mí como si nada hubiera pasado? o fue al decir thank you a la señorita que me extendió el certificado durante el evento? O antes aún, cuando el oficial del US Citizenship and Immigration Services plasmó su firma en mi certificado de naturalización, días atrás, sin que yo tuviera conocimiento aún? Talvez uno nunca pueda acercarse con más precisión al nacimiento de una ciudadanía de lo que se acercó ya Steven Weinberg al origen del universo o de lo que nos puede acercar el testimonio de una microfotografía al momento de la concepción de una vida humana, instantes que sólo pueden detener una fórmula matemática, una fotografía o nuestra imaginación. Quizá por eso la insistencia de la jueza al final del Pledge of Alliance en convencernos con un aplauso de que ya éramos ciudadanos norteamericanos.
Adquirir la ciudadanía norteamericana tiene sus ventajas: puedo cruzar a los Estados Unidos sin que me nieguen la entrada, puedo viajar como ciudadano de primera clase a cualquier parte del mundo y puedo votar contra el partido republicano. Pero las ventajas que más aprecio son de otra índole: el sentido de pertenencia o propiedad sobre la cosa pública de esta vasta extensión de territorio colmado de esplendor natural y urbano entre el Atlántico y el Pacífico: Sierra Nevada con sus Secuoyas, Yosemite y el lago Tahoe, las espectaculares Montañas Rocosas, las anchas praderas centrales, el largüísimo Mississippi, que un día crucé en su nacimiento con los pantalones remangados a los tobillos; las formidables carreteras, los grandes puentes, las descomunales presas, los organizados museos, las nutridas bibliotecas públicas, los espectaculares viajes de la NASA; Minneapolis-Saint Paul, Portland, Seattle, Chicago, New York y, por supuesto, Disneylandia. Mientras voy pensando en todo eso, una avaricia feliz me satisface mientras, bajo un cielo azul soleado, lleno los pulmones con el aire limpio, fresco y plácido que me llega desde la bahía de San Diego. Me enorgullece el sentido de pertenencia a una sociedad organizada bajo principios que perviven en el espíritu de las instituciones de esta nación cuya unidad no es de sangre, nacimiento o suelo, sino de ideas e ideales: honestidad, ética de trabajo, respeto, solidaridad.
Una de las cosas más admirables de mi nuevo país es que aquí las cosas siempre funcionan: el correo llega a su destino, los bebederos de los parques al presionar el botón lanzan agua a la boca; se puede pagar el teléfono desde el buzón de casa; cuando una máquina de refrescos se descompone avisa y deja de tragar monedas; al paso del tren suena una campanita y se baja la barra de seguridad en los cruceros; si uno pone su reloj a la hora puede tener citas exactas con el autobús de la esquina… aunque a veces también puede ocurrir que las moscas aterricen en la hamburguesa equivocada. Precisamente esa mañana en que yo venía celebrando en mis pensamientos mi nuevo estatus de norteamericano, súbitamente, se descompuso el trolley en que yo viajaba de regreso. La voz nos ordenó bajar. La gente abandonó su parsimoniosa cortesía. Nerviosa comenzó a atropellarse en las esquinas buscando otro medio de transporte. Y las tomas de los autobuses comenzaron a parecer asaltos. Los choferes gritaban a la gente que no podían subir a más personas y la gente seguía subiendo. Fue cuestión de minutos para que aprendieran a empujarse como en la estación Balderas del Metro de la Ciudad de México a las ocho de la mañana. De pronto me percaté que así como en el Golden Hall del US Court de San Diego la mayoría éramos hispanos, aquí también llenábamos hispanos los autobuses a empujones, gritando en español. El chofer, también en español, gritaba con vehemencia primero, después sin convicción: “hasta la línea amarilla!”. A lo que no faltaba quien reclamara a gritos: “Cuál línea!” Entre la gente apretada contra las ventanillas divisé a una chica de origen anglo confundida con la rara experiencia de sentirse extranjera en su propio país. Sostenido del pasamanos y empujado por una multitud embravecida comprendí finalmente que la llamada “Ciudadanía” no cae del cielo. Los que vamos llegando a este país no podemos esperar que la posesión de un certificado de naturalización nos dé el pase automático al “sueño americano”. Dependerá de nosotros, de nuestras obras y de nuestras acciones seguir sosteniendo ese sueño que soñaron los fundadores de esta gran nación.
EL CAMAROTE DEL ÁRBOL



El señor Cruces cortó ramas de una jacaranda, un hule y un palofierro en el jardín trasero de su casa , y en el claro que abrió en medio de las frondas montó sobre los troncos y dos pilares un prodigio de curiosidad y paciencia.
empalizada recubierta con redes de pescar, bajo un diluvio de flores moradas, se siente que se va dejando la ciudad y el tiempo. Y a uno lo va envolviendo una de las fantasías mejor logradas en Tijuana. Se trata del más extraordinario camarote de barco del siglo XVIII el que, a falta de mar y barco, el Sr. Manuel Cruces construyó sobre las ramas de sus árboles en el jardín de su casa.Acá arriba de los árboles mientras yo voy enfilando en mi bajel fuera del tiempo confieso que a veces me invade una especie de temor dormirme y despertar en una isla remota sin Internet. Mas aún me quedará el recurso de lanzarles una botella al mar.
Saludos desde este camarote que el Sr. Cruces construyó sobre los árboles de su casa.













