Alicia Barrutia corrre el Maratón de Boston 2013



La tijuanense nacida con los tenis puestos,  Alicia Barrutia, cuando le dio a México la primera medalla en Juegos Panamericanos y varios triunfos mundiales de racketbol -ya hace varias décadas- no se imaginaba que muchos años después estaría  -precisamente mañana- abrochándose las agujetas  para correr con tiempo de marca el maratón más importante del mundo y de su larga vida de triunfos deportivos: el maratón de Boston 2013.
Pero esta vez es diferente, Alicia ya no corre por la medalla colgada en su cuarto. Se le subió a las piernas el sueño de correr por una causa. Esta vez cada kilómetro que corra lo vendió para la Red Binacional de Corazones que apoya a las víctimas de la trata de personas.
Mañana con Alicia correrán las esperanzas, los sueños de miles de personas maltratadas, vejadas en su condición humana; y hasta las orillas del camino de los 42 kilómetros  llegarán a sus oídos el “¡Vamos Alicia!” de todos sus amigos que le estaremos gritando desde Tijuana.
¡Vamos Alicia, que los sueños son ligeros y livianos como las nubes!  ¡Toma de ellos sus alas para volar hasta la meta!
¡Vamos Alicia corre! ¡Y si las piernas flaquean... llega a  al meta con el corazón!
Que Dios te acompañe.

El fenómeno Xolos en Tijuana


El jabonoso tema de la identidad que no se había dejado agarrar por artistas, pensadores, simposios, hombres de negocios ni festivales en Tijuana, tiene hoy un asidero con asas para todos los tijuanenses. Se llama ¡Xolos! De ahí vamos todos agarrados y ¡qué nadie se suelte!

Menos resbalosas que las elucubraciones fronterizas de Heriberto Yépez y los esfuerzos del empresario José Galicot con su Tijuana Innovadora, los Xolos -un equipo de fútbol- llegaron para poner en el tablero la pieza que faltaba al darnos el factor común de una identidad que nadie podía agarrar. Y lo que son las cosas, lo que nunca tuvimos en la ciudad, “fútbol”, nos aglutina hoy con una fuerza de cohesión más fuerte que las palabras. Acaso porque aquí siempre fuimos gritones y nos faltaba a quién gritarle.

El año pasado, todavía olía a pólvora quemada en la ciudad cuando el camión rojo de dos pisos con el equipo de los Xolos alzando la copa de campeones del torneo nacional de fútbol en el país daba la vuelta a la página policiaca de la historia de Tijuana. La gente corría para ver que era eso que nos juntaba a los Tijuanenses a las orillas del  boulevard Agua Caliente. Era el equipo de los Xolos, era la copa pero, sobre todo, era un sentido de identidad que nunca antes habíamos tenido.

La gloria viene y va, y será cierto que dura quince minutos, pero ayer se la trajeron los Xolos a Tijuana. Este equipo desconocido afuera de las fronteras de México derrotó en el estadio Caliente a los actuales campeones de clubes del mundo, el centenario Corinthians, después de 16 juegos invicto. Esta hazaña llevó a los Xolos a escribir este día el nombre de nuestra ciudad en la página de deportes de todos los países del mundo.

La frontera, los televisores, la innovación, los discursos ideológicos...¡qué importa! Lo que importaba era estar juntos (después de todo para eso sirven las identidades), y eso es hoy obra de los los Xolos! ¡Arriba los Xolos!

¡Viva Hugo Chávez!


A Hugo Chávez debemos dos cosas: la vocación socialista de los pueblos cuando ya casi nadie creía en ella, y la resurrección de la conciencia colectiva de una Latinoamérica unida por origen y destino.

En una sociedad cada vez más global para los productos y menos para las personas, donde cada vez más se apoderan de nuestras formas de pensar los que manejan las marcas y la mercadotecnia, estorba la presencia de hombres como Hugo Chávez.

El mundo en su caída libre hacia el centro de gravedad del individualismo como valor, y cuya referencia del éxito supremo nos la publica Forbes cada año (de ahí el prurito por quitar al Chapo), personas como Chávez son un peligro.

Pero al mundo le hacen falta hombres como Chávez, que se atrevan a ir contra corriente y tengan el carisma de despertar la conciencia adormecida de los pueblos.

Nos hacen falta hombres como Chávez, que refrenen a la sociedad de la vertiginosa caída libre hacia el consumismo desbordado antes de que nos agotemos el mundo y sus recursos, y capaces de recordarnos en Latinoamérica que por encima de las fronteras artificiales que nos separaran, somos el mismo pueblo;... nos rugen!

Por eso, ¡Que nunca mueran la fraternidad y la solidaridad! ¡Viva el pueblo latinoamericano! ¡Viva Venezuela! ¡Viva Hugo Chávez!

Ciudad Juárez

Las calles de Ciudad Juárez lucen desiertas. Pocos bultos humanos se mueven por las aceras: lentos hombres enchamarrados con las manos metidas en los bolsillos.  La desconfianza escondió a la gente que se asoma sin acabar de entender lo que pasó ni su futuro. Hay negocios abandonados, letreros rotos que se va comiendo el polvo, gasolineras vacías. Desde El Paso, Texas, el caserío de Ciudad Juárez, Chihuahua, es un relieve irredento de techos aplastados contra el fondo de áridas montañas y desierto. En el aire seco y duro flota una pregunta dolorosa,  ¿cómo resistirse a la desesperanza?

NAVIDAD EN LA MONTAÑA


Por Alfredo Ortega TRILLO

Sentía el volante helado a través de los guantes, y oía la nieve compactarse debajo de las cadenas. Navidad, el tiempo de estar juntos, le animaba a enfrentar la montaña mientras la nieve se le venía encima haciendo espirales contra el parabrisas.

Intentando ganarle a la tormenta tomó un atajo por el que supuso no le faltaría mucho para trasponer la cuesta. Después, sería dejar que la nariz le llevara hasta el pavo, que ahora mismo debía estar sacando su mujer del horno; pero la ventisca alargaba más y más el camino, y él poco a poco dejaba de silbar.

Del radio salía Silent Night cuando quedó varado. Su dedo siguió el curso que supuso había tomado pero se le salió del mapa. Linterna en mano salió del carro y se alejó en la ventisca buscando algún punto de referencia, pero el bosque se ensanchaba alrededor de él, infinito y denso. Los copos contra las ramas producían una suave crepitación en el paisaje cuando el chasquido de un portazo lo dejó paralizado.

Se ocultó tras unos arbustos y desde allí divisó dos siluetas en el interior de su carro. El intenso frío muy pronto le hizo vencer el miedo a una muerte que por lo menos podría ser más rápida que la congelación, y desandó sus huellas hasta el carro.

Abrió la puerta trasera y se encontró en el interior con dos migrantes indocumentados tiritando de frío en los asientos delanteros. Intentaron decirse algo pero no les alcanzó a ellos el poco inglés que habían oído de los turistas en Playa Narveja ni a él el español de la Saint Thomas High School. Las miradas entonces compartieron una suerte de complicidad en la desgracia, y todo quedaba dicho en esas miradas. Ya no faltaba nadie para celebrar la Navidad.

Tal vez las cosas más importantes cuando se quieren decir no necesitan de palabras, y estos inopinados contertulios esa noche tampoco las necesitaron. Para referirse al tamal que le ofrecieron ellos y a la botella que él les compartió les bastó el dedo índice.

Los villancicos del radió hicieron su labor en el ánimo del grupo, mientras a la salida de la calefacción se calentaba el tamal y el vino se escanciaba en tres cucuruchos de papel que en el aire se tocaron produciendo un sonido apagado. Se dijeron “Merry Christmas” y “Feliz Navidad”, y nunca dos idiomas significaron tanto lo mismo como esa noche en la montaña.

Ignacio Anaya Barriguete llega a Tijuana en bicicleta desde Nueva York

Cuando pregunté a Ignacio Anaya a propósito del Everest,“qué buscas en las alturas”, él me respondió, “no busco, vivo”. Luego me di cuenta que en sus ascenciones, y en sus largas travesías no iba solo. Desde asomarse al techo del mundo lo mismo que desde enfrentarse a la distancia sin más recurso que dos ruedas y un corazón, ya nos hacía vivir a miles también, que lo seguíamos desde nuestras pantallas de luz. Nos hacía vivir junto con él de una manera a la que nos han desacostumbrado las propuestas publicitarias, las campañas políticas, la guerra contra el narco y los videojuegos. Para el millón y medio o más de Tijuanenses, sambutidos en el tráfico y el humo, en una ciudad de espaldas al mar y con el mirador de la presa cerrado con una cerca de púas, el pedal de Nacho fue durante 28 días una invitación a sacudir el espíritu y subir, a romper el aire con la frente, clavado el sol en la mejilla izquierda; era una invitación a vivir! Un cachito del entusiasmo que Nacho llama “vida” me lanzó a la calle para ir a recibirlo a la línea con una cámara de video en la mano… Les comparto este pedazo de vida en el que descenas de ciclistas de la ciudad se unieron a Nacho en la frontera para acompañarlo a recorrer el último tramo de su travesía hasta Playas de Tijuana, después de venir pedaleando en bicicleta desde Nueva York hasta Tijuana en 28 días. Ve el video aquí

Despertar


Esta mañana me despertó un ligero escozor en la punta de la nariz. Al abrir los ojos me encontré con los de mi hijo, mirándome desde su temprana infancia de un año con siete meses. El conjunto de sus ojos curiosos enmarcados por el ligero esbozo de una sonrisa denotaba inteligencia y una inmensa dulzura que nunca quisiera olvidar. Tenía su dedo índice apoyado en la punta de mi nariz y así, como si estuviera señalándome, dijo suavemente: “papá!”.

Pepenador culto

Hace unos momentos, afuera de mi casa le pregunté al pepenador que hurgaba en el bote de basura. “¿Qué buscas?” “Latas de aluminio,  libros”, me dijo.
“¿Libros?”
Le entregué dos bolsas llenas de ellos que tenía listas para regalar… aunque nunca pensé que a un pepenador.
“¿Qué haces con ellos?”
Si me gustan me los quedo para leerlos, si no los vendo.
Me horrorizó pensar que la lectura no fuera antídoto contra la pobreza, como proponen las campañas de televisión.
Pero es que, la verdad… nadie lee para hacer dinero, sino para ser más feliz.

Por qué voy a votar por AMLO

Es bueno que los gobiernos cambien porque el cambio evita que los vicios del poder se enquisten. En su momento el PAN representó la opción de cambio frente a un PRI monolítico y corrupto tras siete décadas en el poder, y entonces voté por el PAN. Hoy el PAN, a doce años de haber llegado al poder ha caído también en sus propios vicios de simulación e insensibilidad social.  Este 1 de julio voy a votar por el PRD porque entre el retorno que representa el PRI y la permanencia que representa el PAN, sigo prefiriendo el cambio, como la garantía más saludable de una democracia que quita y pone desde el sufragio.

Voy a votar por AMLO por su perseverancia, por su honestidad y por su gabinete.

El que persevera alcanza. Después del empate técnico en las elecciones pasadas, AMLO volvió a la contienda. Podría decirse que después del PRI y el PAN que ya han gobernado, por derecho propio… “le toca”.

Hay una virtud muy rara de encontrar en un político, y quizá por esa rareza resulta más apreciada.  A propósito de la calidad moral de AMLO ninguno de sus adversarios puede tacharle de corrupto. Durante su regencia al frente  del D.F. realizó grandes obras como el “Segundo piso”, el Metrobús y la remodelación del Centro Histórico, y al final de su gobierno AMLO siguió viviendo sencillamente en un departamento rentado en la ciudad de México.  A los que aún lo ven como la “amenaza social” que se encargó de imputarle la sucia campaña de medios de las elecciones pasadas habría que recordarles que ya gobernó la entidad más grande e importante de nuestro país, y que lo hizo sin descalabros sociales ni cacería de brujas. 

Al presentar en su campaña a los miembros de su gabinete AMLO ha demostrado dos honestidades muy superiores a las de sus candidatos contrincantes: una de frente a la ciudadanía, al ponernos todas sus cartas sobre la mesa: “Con estos voy gobernar”. Y qué cartas! Ningunos advenedizos por el pago de favores, sino todos ellos de probada calidad moral y autoridad intelectual en sus respectivas disciplinas (para ver el gabinete pulsa aquí: http://regeneracion.mx/morena/325-organizacion/1828-gabinete-morena-2012-) ; y otra honestidad de cara a los miembros de este gabinete con los que, a diferencia de sus contrincantes de campaña, no tendrá nada que negociar hasta el final de la campaña ni en lo obscurito. 

Por eso voy a votar por AMLO.

Put in jail because of Cheers in a Graduation Ceremony?!


When decorum and education is imposed by rules, then is no decorum nor education anymore, but entirely obedence to the law. It is to bad that in sake of standardize human behavior institutions turn people as moral beings into just juridical robots to follow instructions and rules. We should understand that we all are different and have different temperaments and ways to express ourselves  in this world. That variety give us richness as society. How about a bit of education for some people  and a bit of more tolerance for others?
There is no need to call the police while the principal can educate prior to the ceremony. It won't harm anyone if besides the graduation ceremony family members are convinced by education rather than menaces. Was not school invented for that purpose, anyway?

La primera raya



Cubrí el piso de cartulinas blancas y coloqué en medio un puñado de crayolas. Le abrí la portezuela y suavemente lo empujé adentro del corralito. El niño avanzó trastabillando hasta el pequeño promontorio de crayolas. Se acuclilló y jugó con ellas. Se las llevaba a la boca, las arrojaba al piso, las volvía a coger, las frotaba entre sí hasta que, accidentalmente --como por arte de magia-- descubrió en la superficie blanca el nacimiento de una raya.

Gerry

Gerry tiene 85 años y muchos planes para hacer negocios. Uno de ellos consiste en un aerosol saborizante para panes dulces; también me habló de su corbata doble cara y de un extensor de sombra para colocarse en la visera del auto. Me cuenta todo ésto virándose hacia mi mesa, agrandando mucho los ojos que, entre sorbo y sorbo, levanta de su plato. Agrega que recién se compró una laptop y un celular para iniciar sus pesquizas en busca de un socio capitalista para desarrollar sus inventos. Armandito, mi hijo de un año lo observa con atención, e imita los gestos que el viejo le persuade de hacer, como abrir y cerrar la mano. “Babies like to copy” -puntualiza el anciano. Añade que su instructor es un joven hispano de nombre José, que vive solo en un trailer a espaldas de su casa. Me propone presentármelo, que yo no quedaría defraudado de su talento para componer canciones. Al despedirnos le tiendo mi mano, que él retiene mientras con la otra aprieta suavemente mi brazo, anticipándose a la resignación de lo inútil de sugetarse a ella antes de volver a hundirse en la inmensa soledad oceánica de los ancianos de 85 en las mesas de los restaurantes urbanos de Estados Unidos.





Casino Royal

El presidente habrá querido achacar al tema del narcotráfico el asunto del Casino Royal en Monterrey para ocultar la vergonzosa incapacidad del gobierno por garantizar la seguridad a los empresarios frente al asedio de la extorsión que ventajosamete compite contra Hacienda y, de paso, justificar más aparatosos despliegues militares en el país.

Comentario a columna de don Oscar Genel

Carta a FRONTERA sobre PRIMERA PLANA de don Oscar Genel.
Hace unos días publicaba don Oscar Genel un artículo en su PRIMERA PLANA en el que criticaba la existencia de una economía subterránea en la Zona Río solapada por Sedesol en Tijuana.
No es su crítica lo que me mueve a madar esta carta a FRONTERA, sino un aspecto que indirectamente tiene que ver con la premisa utilizada por don Oscar para legitimar los otros negocios vecinos, formalmente establecidos en esa misma zona de la ciudad. Me refiero a la tan sobada “cultura de la legalidad”, porque ellos (sí están en regla y pagan sus impuestos). No me opongo a la existencia de una legislación y normativas que regulen la vida de nuestra sociedad, pero inquieta ver a líderes de nuestra ciudad, como don Oscar que frecuentemente se instalan cómodamente en esta frase bonita que se queda en lo exterior de la conducta y no le entra a la esencia de un problema como la corrupción que me parece fundamentalmente de carácter ético.
Querer que los ciudadanos hagamos o no hagamos esto o aquello sólo porque la ley lo obliga o lo prohíbe es reducir nuestra condición de personas a la de autómatas jurídicos; es olvidar que antes de ser ciudadanos -sujetos de derecho- somos personas morales con conciencia y sentido del bien y del mal.
El problema de la corrupción no me parece que se pueda resolver con una cultura de la legalidad sino con una cultura de la conciencia personal.
Afectuosamente,
Alfredo Ortega TRILLO
alfredotrillo@gmail.com

Paquiao VS Margarito

DEL ESPECTÁCULO
Llamó la atención el planteamiento hollywoodense del espectáculo, que inluyó una semillita de suspenso con el asunto del enteipado de las manos, entreverando la posibilidad de que la pelea se suspendiara, mientras el cuadrilátero cobraba visos de variedad con un cantante sin más talento que sus ventas de discos. Yair estuvo de plano gris con la entonación del himno nacional mexicano. En cambio, con una agradecida lección de dignidad, emoción y dulzura, la filipina cantó angelical, plantada en un largo vestido rojo de delicado escote. Incluso la cámara, arrobada, no retiró su lente hasta que ella exhaló la última nota y sonrió, al punto en que estalló la visión de las tres cheerleaders rubias en tops y hotpants, que saltaron al escenario para recordarnos --por si se nos había olvidado-- con su rozagante juventud, sus cabelleras rubias y el himno nacional, que estábamos en Estados Unidos. El despliegue televisivo previo al encuentro (manejo de cámaras, luces, música tipo pista de cine y las voces de los comentaristas con su corbatita de moño) fue digna de una película de Rocky.

NOBLEZA:
En el penúltimo round, de una pelea que ganó el diputado Tony Paquiao de Filipinas, éste tuvo la nobleza de sugerir al réferi detener la pelea, tomando en cuenta que a su contrincante sólo le quedaba un ojo abierto. Paquiao habría podido aplastar a Margarito, el de Tijuana, sin ninguna consideración en el último round, pero se abstuvo de engolosinar la saña de sus seguidores, demostrando de qué madera moral está hecho, al "respetarle" la vida.

Las 140 letras de Twitter

Desde que comenzó el uso de celulares para mandar mensajes, en aras de la velocidad y el poco espacio, las palabras y los caracteres se contrajeron; la expresión se empobreció. La moda de las redes sociales, en el mismo tenor redujo la expresión de la comunicación.
Es comprensible que esta restricción de espacio y tiempo defina así estos medios de comunicación, lo lamentable es que este empobrecimiento en la expresión convertido en moda se haya convertido también en una epidemia que invade todas las formas de comunicación entre las personas aún fuera de las llamadas redes sociales.

Francófonos y anglófonos en Canadá

La isla de Montreal se encuentra en la provincia francesa de Quebec. Pero el otro día fui a Ottawa, la capital del país en Toronto, a unas dos horas de distancia, y sentí la diferencia. Como el resto de Canadá, que es fundamentalmente anglófono, Toronto tiene un ascendente cultural inglés que lo asemeja más a los Estados Unidos. Esta diferencia entre el resto de Canadá y la provincia de Quebec se percibe no sólo en la arquitectura de sus barrios sino, fundamentalmente, en la idiosincrasia. En la parte francesa la gente parece más cálida y espontánea, más llevada del sentido común que de las reglas, más abierta al trato y menos quisquillosa con el espacio personal. Aquí la gente se acerca y toca más cuando habla o interactúa en la calle que en la parte anglófona. Aquí un extraño como yo puede sentirse más cómodo y cercano a la gente que en cualquier otra ciudad de similar tamaño en los Estados Unidos, , a pesar de la aparente barrera del idioma (luego me lanzan una sonrisita complaciente y acaban hablándome en inglés cuando se dan cuenta que mi francés sólo me alcanza para pedir café). Y toda esta sencillez y apertura de trato, a pesar de la desconfianza que pudiera uno esperar entre las personas habida cuenta de tan vasta diversidad de razas y de credos, ya que Montreal es quizá la ciudad más cosmopolita del mundo (el otro día en el vagón del metro entre unas sesenta personas que íbamos no pude identificar alguna raza predominante: asiáticos, africanos, hispanoamericanos, europeos, indígenas americanos...). Me han dicho que el invierno los pone serios y tristes, pero yo puedo dar testimonio de que durante el verano van felices por las calles bajo las frondas y el sol. Parece que estuvieran tan contentos con lo que cada quien hace que dan la impresión de estar jugando a sus oficios en una especie de obra de teatro que fuera para ellos la vida. Desde luego que la relajada idioscincracia latina de la parte francesa también tiene sus bemoles, porque igual puede suceder que los policías vigilantes de un parque, aburridos porque no pasa nada, se desatiendan del parque y enfrasquen a conversar bajo la sombra de un arce, lo que no sucedería con la misma frecuencia en el resto del país o en los Estados Unidos, donde van más pegados al libro.


Una de las cosas que más me ha sorprendido en Montreal es su excelente sistema de transporte. En una página de Internet anotas dónde estás a dónde y cuándo quieres llegar, y enseguida te aparece la ruta con los transportes y conexiones que debes tomar (metros, autobuses) http://www2.stm.info/taz/index.php?lng=en , una belleza de matemáticas aplicadas al mundo de la calle.


En años recientes la ciudad de Montreal estuvo considerada como la que cuenta con la mejor calidad de vida del mundo. Quizás en algo podrán constatarlo algunas de mis fotografías.


MONTREAL:

http://www.flickr.com/photos/census2010swcorner/sets/72157624504331577/show/


OTTAWA:

http://www.flickr.com/photos/census2010swcorner/sets/72157624619158712/show/



AMANECER EN LA FRONTERA (Commuting across the Border)





Cierro los ojos al disparo de la pistola que me apunta. Y los abro al estirar el brazo y apagar el despertador a las 4:45 de la mañana. Hace unos meses, cuando no tenía la obligación de un horario de trabajo no habría imaginado que presenciar el amanecer fuera tan estimulante –los crepúsculos están sobrevaluados-. Enciendo los faros del carro y enfilo hacia el cruce fronterizo. En el trayecto escucho SESION I por enésima vez en mi estéreo. No me canso de oírlo. Cada vez que lo escucho hago el ejercicio mental de imaginarme que soy una persona distinta entre las que
me lo han comprado y, así me dejo sorprender una y otra vez por mis propias letras, por la voz de KLEYTON y sus juegos vocales, por los arreglos de Jorge VILLALOBOS.


Unos cincuenta mil automóviles cruzan diariamente la frontera por sus 19 puertas a esta hora. Emigrados que viven en Tijuana y trabajan en los alrededores de San Diego, del otro lado de la frontera. Es una hora al día que se pierde o se gana en la espera, y que si se suma al paso de meses y años, puede conformar un tiempo considerable. Yo preferí incluir este tiempo en mi vida, y así fue como leí la Rayuela y me aventé algunos cursos de portugués e italiano en otra temporada de cruces diarios.

En la espera para cruzar (una hora en promedio) leo algún libro, preferentemente en inglés, para seguir aprendiendo. Aprender una segunda lengua implica un estudio de por vida.Y mientras voy leyendo, el libro contra el volante, oigo de fondo el pregón de las muchachas que pasan vendiendo avena, café y tamales.

Con el mismo movimiento de apagar el despertador hace una hora, saco el brazo por la ventanilla y muestro el pasaporte al oficial de migración. Were are you going? Chula vista –digo por la costumbre-. Entonces toma el pasaporte y lo pasa por una lectora electrónica y me lo devuelve. Por lo general eso es todo. Pero enseguida también puede preguntar: What was the purpose of your visit in Mexico? y Is this your car? For how long? Más preguntas que estas ya son por fastidiar.

Sigo las lucesitas rojas de los carros que me preceden. A 70 millas por hora soy una bandera de libertad por el Freeway 5, que va surgiendo de la madrugada espesa como leche. Ahora escucho el penúltimo de Luis Miguel y me enamoro de mujeres que imagino mientras me acerco al parque de la marina de la calle “J” a esperar que dé la hora para verme con mis compañeros de trabajo.

Saco mi cámara. Retrato contra el sol naciente la empalizada de mástiles quietos sobre el agua que los duplica.


Entre los eucaliptos de corteza fofa y los framboyanes sorprendo a un árbol entrepiernado, y lo retrato antes de que se esfume su hechizo bajo la luz suave e inclinada del alba. Pero si ustedes fueran a verlo a plena luz del día lo encontrrarían indiferente, sin más compromiso con el paisaje que el de ser árbol.

Sentir y pensar concurren, y me llega de golpe la intuición de que en eso consiste la inspiración: el nirvana de los artistas. Escucho el aire puro y fresco llenándome los pulmones, y los latidos de mi corazón.

Quizá debiera tener ahora una tonada del KLEYTON para escribir una canción.

EL SUEÑO AMERICANO NO ES AUTOMÁTICO

Bajé del trolley. Sobre la acera ya había una línea de personas con una carta del Home Land Security Department similar a la mía en las manos. Caminé para colocarme al final, y la línea dio la vuelta a la manzana hasta el mismo sitio donde yo había bajado del trolley.
Los que hacíamos la fila nos movíamos inquietos en nuestro lugar, disipábamos el nerviosismo en la charla con el de adelante y el de atrás. “Si ya esperó treinta años, que no pueda esperar una hora!”, decía una señora a otra. Luego la típica especulación, que nunca faltan en estas situaciones: “Nos van a dar unas fichas y luego nos van a llamar en diferentes horarios”, que alguien secundó con un “Yo creo que sí, porque si no ¿dónde van a meter a tanta gente?”

Pues la metieron! El Golden Hall del US Court de San Diego en punto de las diez de la mañana se llenó con 1750 personas.

“Hola!” dije a mi izquierda a una peruana, y “Hi!” a una china, a mi derecha. Me causaba gracia considerar que a pesar de nuestros diversos orígenes, desde ese días los tres seríamos o ya éramos conciudanos de los Estados Unidos.

La maestra de ceremonias nombró en orden alfabético los 76 países de origen de las personas que ese día adquiríamos la ciudadanía norteamericana, y las personas al oír el nombre de su país se ponían de pie y saludaban el aplauso del público. Así hasta llegar a la “M”, cuando la mujer exclamó: “México!”. Un océano de banderitas de los Estados Unidos agitadas en las manos de unas 1600 personas llenó de golpe el campo visual de la sala. El gentío se había puesto de pie al grito multitudinario y unánime de lo que pareció una sola garganta. Yo mismo estuve de pie un momento, con mi banderita al aire, conmovido por el espectáculo de lo que me pareció una verdulera invasión.

Recitamos el Pledge of Alliance seguido de un aplauso animado por la maestra de ceremonias.

Y mientras yo esperaba mi turno para recibir mi certificado de naturalización me entraba la curiosidad de saber en qué momento puntual y preciso del proceso yo debía considerarme norteamericano, legítimo heredero del sueño americano. La consideración me seguía una hora más tarde, cuando recorría, con mi certificado de naturalización en la manos, las calles del centro de San Diego, limpiecitas, bien trazadas, bien pintadas, tratando de convencerme de que todo eso que siempre vi ajeno ahora era mío.

Habré adquirido la ciudadanía al pronunciar la última palabra del Pledge of Alliance y el mundo siguió girando debajo de mí como si nada hubiera pasado? o fue al decir thank you a la señorita que me extendió el certificado durante el evento? O antes aún, cuando el oficial del US Citizenship and Immigration Services plasmó su firma en mi certificado de naturalización, días atrás, sin que yo tuviera conocimiento aún? Talvez uno nunca pueda acercarse con más precisión al nacimiento de una ciudadanía de lo que se acercó ya Steven Weinberg al origen del universo o de lo que nos puede acercar el testimonio de una microfotografía al momento de la concepción de una vida humana, instantes que sólo pueden detener una fórmula matemática, una fotografía o nuestra imaginación. Quizá por eso la insistencia de la jueza al final del Pledge of Alliance en convencernos con un aplauso de que ya éramos ciudadanos norteamericanos.

Adquirir la ciudadanía norteamericana tiene sus ventajas: puedo cruzar a los Estados Unidos sin que me nieguen la entrada, puedo viajar como ciudadano de primera clase a cualquier parte del mundo y puedo votar contra el partido republicano. Pero las ventajas que más aprecio son de otra índole: el sentido de pertenencia o propiedad sobre la cosa pública de esta vasta extensión de territorio colmado de esplendor natural y urbano entre el Atlántico y el Pacífico: Sierra Nevada con sus Secuoyas, Yosemite y el lago Tahoe, las espectaculares Montañas Rocosas, las anchas praderas centrales, el largüísimo Mississippi, que un día crucé en su nacimiento con los pantalones remangados a los tobillos; las formidables carreteras, los grandes puentes, las descomunales presas, los organizados museos, las nutridas bibliotecas públicas, los espectaculares viajes de la NASA; Minneapolis-Saint Paul, Portland, Seattle, Chicago, New York y, por supuesto, Disneylandia. Mientras voy pensando en todo eso, una avaricia feliz me satisface mientras, bajo un cielo azul soleado, lleno los pulmones con el aire limpio, fresco y plácido que me llega desde la bahía de San Diego. Me enorgullece el sentido de pertenencia a una sociedad organizada bajo principios que perviven en el espíritu de las instituciones de esta nación cuya unidad no es de sangre, nacimiento o suelo, sino de ideas e ideales: honestidad, ética de trabajo, respeto, solidaridad.

Una de las cosas más admirables de mi nuevo país es que aquí las cosas siempre funcionan: el correo llega a su destino, los bebederos de los parques al presionar el botón lanzan agua a la boca; se puede pagar el teléfono desde el buzón de casa; cuando una máquina de refrescos se descompone avisa y deja de tragar monedas; al paso del tren suena una campanita y se baja la barra de seguridad en los cruceros; si uno pone su reloj a la hora puede tener citas exactas con el autobús de la esquina… aunque a veces también puede ocurrir que las moscas aterricen en la hamburguesa equivocada. Precisamente esa mañana en que yo venía celebrando en mis pensamientos mi nuevo estatus de norteamericano, súbitamente, se descompuso el trolley en que yo viajaba de regreso. La voz nos ordenó bajar. La gente abandonó su parsimoniosa cortesía. Nerviosa comenzó a atropellarse en las esquinas buscando otro medio de transporte. Y las tomas de los autobuses comenzaron a parecer asaltos. Los choferes gritaban a la gente que no podían subir a más personas y la gente seguía subiendo. Fue cuestión de minutos para que aprendieran a empujarse como en la estación Balderas del Metro de la Ciudad de México a las ocho de la mañana. De pronto me percaté que así como en el Golden Hall del US Court de San Diego la mayoría éramos hispanos, aquí también llenábamos hispanos los autobuses a empujones, gritando en español. El chofer, también en español, gritaba con vehemencia primero, después sin convicción: “hasta la línea amarilla!”. A lo que no faltaba quien reclamara a gritos: “Cuál línea!” Entre la gente apretada contra las ventanillas divisé a una chica de origen anglo confundida con la rara experiencia de sentirse extranjera en su propio país. Sostenido del pasamanos y empujado por una multitud embravecida comprendí finalmente que la llamada “Ciudadanía” no cae del cielo. Los que vamos llegando a este país no podemos esperar que la posesión de un certificado de naturalización nos dé el pase automático al “sueño americano”. Dependerá de nosotros, de nuestras obras y de nuestras acciones seguir sosteniendo ese sueño que soñaron los fundadores de esta gran nación.

EL CAMAROTE DEL ÁRBOL






























El señor Cruces cortó ramas de una jacaranda, un hule y un palofierro en el jardín trasero de su casa , y en el claro que abrió en medio de las frondas montó sobre los troncos y dos pilares un prodigio de curiosidad y paciencia.

Desde que se va subiendo entre las ramas de la jacaranda florida por los peldaños de la empalizada recubierta con redes de pescar, bajo un diluvio de flores moradas, se siente que se va dejando la ciudad y el tiempo. Y a uno lo va envolviendo una de las fantasías mejor logradas en Tijuana. Se trata del más extraordinario camarote de barco del siglo XVIII el que, a falta de mar y barco, el Sr. Manuel Cruces construyó sobre las ramas de sus árboles en el jardín de su casa.

Me pidió cuidar su casa mientras él y su esposa pasan una semana en la Ciudad de México. Por supuesto que desprecié el sofá de la sala y me encaramé a la aventura que me tenía prometida este camarote de barco en las ramas, desde donde ahora escribo esto al capricho de mareas que me remontan.

Yo sé que la gente no gusta de descripciones, pero al menos voy a mencionarles los tipos de objetos que me rodean y que el Sr. Cruces, desafiando el tiempo y la distancia, fue recogiendo durante su vida en casas de antigüedades, mercados y viajes por el mundo, para reunirlos en armoniosa convivencia al interior de este recinto. Excepto mi laptop sobre el escritorio de madera, entre los múltiples y variados muebles y objetos que dan confort y decoran este sitio, puedo decir que todos fueron hechos por manos de hombres que murieron mucho antes de que yo naciera. Describir este interior tan cuidadosa y artísticamente acomodado, sería tarea harto fatigosa. Así que, sin otro orden que el que se me presenta a la vista así se los refiero: baúles (y no vacíos), mosquetones, arcabuces, pistolas, espadas, escafandras de bronce, una réplica del Nautilius de metro y medio pendiendo de dos soportes en la pared, una pecera con su gorgoreo ininterrumpido donde hay tres Golddfish jugando a las escondidas entre pequeñas rocas y algas artificiales, globos terráqueos, astrolabios, sextantes, barcos y faros en miniatura, cuadros de escenas marinas, conchas, caracoles, una rueda de timón, una costilla de ballena colgando del techo, pistolas, instrumentos antiguos de medición, relojes de pared, linternas, corales, esculturas de animales marinos, libros, muchos libros antiguos de viajes y aventuras, entre los que descuella la colección más completa de Julio Verne que yo haya visto, incluso con algunos ejemplares directamente en francés. Dejada sobre el escritorio, como al azar, está una bitácora de viaje de navegación, escrita e ilustrada a mano por el propio Sr. Cruces, describiendo historias de viajes que él se inventó con gran sentido del humor. Hay también mapas, cartas de navegación, brújulas, botellas, un ancla, molduras, mascarones. El infaltable tesoro está en el ángulo superior que hace la pared con el techo, con sus jarrones rebosantes, candelabros, y recipientes de caprichosas figuras, cofres abiertos con perlas derramadas. El mobiliario principal lo hacen un escritorio con lámpara de mesa, la silla y una cama donde duermo yo. Al fondo hay una puerta de metal ribeteada con remaches y una ventana redonda, que da al baño, cuya limpieza y comodidades nada envidia al de cualquier casa, provisto de retrete, lavamanos, regadera con agua caliente, toallas dobladas, y donde el talento escenográfico del Sr. Cruces siguió haciendo de las suyas con botellas azules, figuras y cristales translucidos.

Acá arriba de los árboles mientras yo voy enfilando en mi bajel fuera del tiempo confieso que a veces me invade una especie de temor dormirme y despertar en una isla remota sin Internet. Mas aún me quedará el recurso de lanzarles una botella al mar.

Saludos desde este camarote que el Sr. Cruces construyó sobre los árboles de su casa.

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